“Lleva toda la tarde con los deberes y todavía no ha terminado.”
Es una frase que escuchamos con frecuencia en consulta. Y detrás de ella suele haber una familia cansada, un niño frustrado y muchas dudas:
¿por qué tarda tanto?, ¿es que no se concentra?, ¿no tiene interés?, ¿necesita que estemos todo el tiempo encima de él?
A veces sí puede haber dificultades de atención. Pero no siempre.
Cuando un niño tarda mucho en hacer los deberes, es importante mirar un poco más allá de lo que vemos. Porque dos niños pueden tardar una hora en hacer la misma tarea por motivos completamente diferentes.
Y para poder ayudarles, primero necesitamos entender qué está pasando.
“Se distrae” no siempre significa que tenga un problema de atención
Imaginemos a un niño que tiene que hacer cinco ejercicios de matemáticas.
Se sienta, lee el primero y no sabe cómo hacerlo. Mira el cuaderno. Pregunta. Lo intenta. Se equivoca. Borra. Vuelve a empezar.
Después de unos minutos se levanta, va a por agua y vuelve a sentarse.
Desde fuera puede parecer que está distraído.
Pero quizá lo que está ocurriendo es que
no ha entendido bien el procedimiento y no sabe cómo continuar.
Esto es importante porque, si pensamos que el problema es únicamente la atención, nuestra respuesta será probablemente “concéntrate”, “deja de distraerte” o “ponte las pilas”.
Pero si la dificultad está en la comprensión, en la planificación o en una habilidad concreta, esos mensajes no solucionarán el problema.
Hay niños que necesitan más tiempo para comprender lo que leen
En muchas ocasiones, las dificultades con los deberes no están relacionadas directamente con la atención, sino con la
comprensión lectora.
Un enunciado puede parecer sencillo para un adulto, pero para un niño puede implicar varios pasos:
- Leer correctamente.
- Entender qué se está preguntando.
- Identificar la información importante.
- Recordar lo que ha leído.
- Pensar qué tiene que hacer.
- Organizar una respuesta.
Si alguna de estas partes supone un esfuerzo especial, el ejercicio puede alargarse mucho.
Y esto puede ocurrir incluso aunque el niño sea capaz de mantenerse sentado y aparentemente “atento”.
Por eso, cuando una familia nos dice que su hijo tarda muchísimo con los deberes, una de las cosas que nos interesa conocer es
qué tipo de tareas son las que más tiempo le llevan.
No es lo mismo tardar especialmente con los problemas matemáticos que con una lectura, una redacción o una ficha con muchos enunciados.
También puede costarle organizarse
Hay niños que saben hacer las tareas, pero les cuesta ponerse en marcha.
No saben por cuál empezar, olvidan el material que necesitan, pierden mucho tiempo entre una actividad y otra o necesitan que un adulto les vaya recordando continuamente qué toca hacer.
En estos casos pueden estar influyendo las
funciones ejecutivas, es decir, aquellas habilidades que nos permiten planificar, organizar, mantener la información en mente, controlar el tiempo y completar una actividad.
Y esto también se puede trabajar.
No se trata de que los padres tengan que sentarse cada tarde a dirigir todos los deberes, sino de ayudar al niño a desarrollar poco a poco sus propias estrategias.
“Lo sabe, pero tarda muchísimo en escribirlo”
Esta situación también es bastante habitual.
Hay niños que saben perfectamente qué quieren responder, pero escribirlo les supone un gran esfuerzo.
Puede haber dificultades relacionadas con la escritura, la ortografía, la expresión escrita o la propia organización de las ideas.
En estos casos, el tiempo que necesitan para terminar una tarea puede ser mucho mayor que el de otros compañeros.
Y aquí la mirada desde la
logopedia también puede ser importante.
La logopedia no trabaja únicamente la pronunciación. En el ámbito escolar también puede intervenir en aspectos relacionados con el lenguaje oral y escrito, la comprensión, la expresión, la lectura y la escritura.
Por eso, cuando vemos que un niño tarda mucho con determinadas tareas, nos interesa observar
qué habilidades necesita poner en marcha para realizarlas.
El miedo a equivocarse también puede hacer que vaya más despacio
Hay niños muy exigentes consigo mismos.
Borran una palabra porque no les gusta cómo ha quedado. Preguntan varias veces si está bien. Se quedan bloqueados cuando no saben una respuesta. Les cuesta pasar al siguiente ejercicio si creen que el anterior no está perfecto.
Desde fuera puede parecer que están perdiendo el tiempo.
Pero muchas veces hay inseguridad detrás.
En estos casos, insistir continuamente en que “termine ya” puede aumentar todavía más la presión.
A veces necesitan aprender que
equivocarse no significa hacerlo mal, sino formar parte del proceso de aprendizaje.
Y no podemos olvidarnos del cansancio
Después de una jornada escolar, un niño puede estar realmente cansado.
Si además tiene actividades extraescolares, poco tiempo de descanso o llega a los deberes al final del día, es normal que su rendimiento no sea el mismo que por la mañana.
También puede ocurrir que los deberes se hayan convertido en una fuente habitual de conflicto familiar.
Y cuando cada tarde empieza con un “¡vamos, tienes que hacer los deberes!”, es fácil que tanto el niño como los padres lleguen a ese momento con cierta tensión.
Por eso, antes de pensar que “no quiere”, también debemos preguntarnos:
¿Está cansado? ¿La tarea le resulta demasiado difícil? ¿Está preocupado por equivocarse? ¿Sabe realmente qué tiene que hacer?
¿Cómo podemos saber qué está ocurriendo?
Una buena forma de empezar es observar.
Durante unos días podemos fijarnos en algunas cosas:
¿Qué tareas le cuestan más?
¿Leer, escribir, memorizar, matemáticas, estudiar?
¿Cuándo empieza a perder tiempo?
¿Al comenzar, durante la tarea o al cambiar de una actividad a otra?
¿Necesita que le expliquemos continuamente las instrucciones?
¿Se enfada o se bloquea cuando no sabe algo?
¿También le cuesta concentrarse en actividades que le gustan?
¿Le ocurre solo con los deberes o también en el colegio y en otras situaciones?
Estas pequeñas observaciones pueden aportar mucha información.
¿Y qué podemos hacer en casa?
No existe una estrategia que funcione igual para todos los niños, pero algunas pautas suelen ayudar.
Crear una rutina
Intentar que los deberes tengan un horario y un lugar relativamente estable puede facilitar que el niño sepa qué esperar y pueda prepararse para la tarea.
Dividir el trabajo
“Tenemos que hacer todos estos deberes” puede resultar abrumador.
En cambio, plantear pequeños objetivos puede hacerlo más manejable.
“Vamos a hacer estos dos ejercicios y después hacemos una pequeña pausa.”
Comprobar que ha entendido la tarea
Antes de empezar, podemos preguntarle:
“Cuéntame qué tienes que hacer.”
Esto nos permite saber si realmente ha entendido las instrucciones, en lugar de asumir que sí.
Dar ayuda sin hacer el trabajo por él
Acompañar no significa resolverle los ejercicios.
Podemos ayudarle a pensar: “¿Qué te están preguntando?”, “¿Qué información necesitas?”, “¿Cuál crees que es el primer paso?”
El objetivo es que poco a poco necesite menos nuestra ayuda.
Cuando los deberes se convierten en una batalla diaria
Si cada tarde los deberes terminan en discusiones, llantos o frustración, quizá merece la pena parar y preguntarnos qué hay detrás.
A veces el problema no es que el niño “no quiera”.
Quizá
no puede hacerlo de la manera en la que se lo estamos pidiendo todavía.
Y esa diferencia es muy importante.
Desde la psicopedagogía y la logopedia podemos ayudar a identificar qué está dificultando el proceso: atención, comprensión, lectura, escritura, lenguaje, organización, planificación, hábitos de estudio o aspectos emocionales relacionados con el aprendizaje.
No se trata de buscar una etiqueta.
Se trata de entender
qué necesita ese niño concreto para aprender mejor y sentirse más capaz.
Porque detrás de un niño que tarda puede haber muchas cosas
Cuando un niño tarda demasiado en hacer los deberes, es fácil quedarse con la conducta que vemos: “se distrae”, “no se esfuerza”, “es muy lento”.
Pero detrás puede haber una dificultad que todavía no hemos identificado.
Por eso, antes de decirle una vez más
“concéntrate”, quizá podemos cambiar la pregunta:
“¿Qué es lo que te está costando?”
A veces, esa pregunta es el comienzo de una ayuda mucho más eficaz.
Y si las dificultades se mantienen en el tiempo, afectan a su rendimiento o generan cada vez más frustración, consultar con un profesional puede ayudarnos a entender mejor qué está ocurriendo y qué estrategias pueden funcionar en su caso.
Porque cuando comprendemos la dificultad, dejamos de luchar contra ella y empezamos a trabajar para superarla.